TRABAJE PARA VIVIR, NO VIVA PARA TRABAJAR

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Eclesiastés 7:14 “Alégrate en el día de la prosperidad, y en el día de la adversidad considera: Dios ha hecho tanto el uno como el otro para que el hombre no descubra nada que suceda después de él.” (Eclesiastés 7:14. La Biblia de Las Américas)

Si de algo se sintió orgulloso Ramiro desde su niñez, fue de la buena presentación.

Siempre impecable. Incluso, la preocupación por lucir bien  se apreciaba incluso en el corte de cabello y el peinado. En su adolescencia y cuando comenzó la universidad, creía que sería un triunfador. “Tengo la apariencia de un ganador” solía repetir sonriente.

Hoy parado frente al espejo, concluía que de nada había servido tanto esfuerzo. Es cierto, gozaba de buenos ingresos pero, a cambio, trabajaba 16 horas diariamente. Su rostro lucía ajado, la mirada marchita, el cabello se le caía con más frecuencia de lo que pudiera desear y hasta sus pasos—lentos—revelaban cansancios. ¡Tanto trabajar había rendido sus frutos! Su vida era un ciclo sin fin, como un ratón de laboratorio en una rueda giratoria… avanzar, avanzar sin llegar a ninguna parte.

Cada vez que me desplazó a algún lugar a dictar conferencias, veo en los rostros las mismas características de Ramiro: Hombres sin paz interior, cansados de trabajar que repiten, cada mañana, la misma rutina: del hogar al trabajo, del trabajo a casa, dormir cansados, y reemprender el proceso. Pero no es un caso excepcional el de los hombres, también las mujeres. Amas de casa apesadumbradas que lamentan haber contraído matrimonio, o ejecutivas que no ven la hora de terminar la jornada para emprender una segunda: la jornada del hogar.

Pregúntese por un instante: Los seres humanos fuimos concebidos para trabajar, o para vivir. Y lo digo porque la esencia de todo es: Trabaje para vivir, no viva para trabajar. Si perdemos el gusto hasta por trabajar, la existencia se tornará monótona y pesada.

En ese trasegar, ponemos en peligro nuestras relaciones a nivel familiar e interpersonal con quienes nos desenvolvemos. Terminamos encerrados en los dos metros cuadrados de nuestro cubículo en la oficina. ¿Ese fue el propósito eterno de Dios para los seres humanos? Sin duda que no.

Leí un autor cuya reflexión comparto con usted, porque refleja la importancia de hacer un alto en el camino y evaluar si somos esclavos del trabajo: “Quizá como resultado de tanto trabajar, su familia esté desintegrándose lentamente. O quizá las largas jornadas laborales le han hecho ganar peso, y le preocupa el daño que el estrés esté haciendo a su cuerpo. Tal vez está simplemente harto de trabajar tanto, y a punto de estallar si no se produce un cambio. Probablemente desea volver a invertir su tiempo en otras cosas que ama, o al menos tener algunas opciones en su utilización… pero le apuesto que no sabe cómo llegar allí. Ahora es el momento para salirse de ese río rugiente que llamamos carrera… siquiera por unos instantes, y explorar el horizonte para determinar cómo podemos llegar al final. Desde la orilla opuesta las cosas parecen ser más claras.” (Todd Duncan. “La trampa del tiempo”. Grupo Nelson. 2004. EE.UU. Pg. 29)

Hasta tanto hagamos un alto en el camino, no podremos vivir a plenitud. Es importante evaluar en qué estoy fallando al invertir el tiempo y, también, cuáles de nuestras tareas son realmente importantes. Estos sencillos interrogantes nos permitirán poner límites y no caer en una carrera sin fin.

Jamás olvidemos que todo tiene su tiempo, como escribió el rey Salomón: “Alégrate en el día de la prosperidad, y en el día de la adversidad considera: Dios ha hecho tanto el uno como el otro para que el hombre no descubra nada que suceda después de él.” (Eclesiastés 7:14. La Biblia de Las Américas)

Usted y yo no somos ratones de laboratorio. Somos personas, con expectativas, sueños, esperanzas, ganas de vivir. Hoy es el día de poner freno y levantar barreras a ese afán compulsivo de trabajar, incluso de llevar tareas de la oficina a la casa. Hay tiempo para trabajar, pero también tiempo para descansar. Hay tiempo para la oficina, pero también para nuestra familia. ¿Lo había pensado así?

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